La amistad que habita en nosotros,
es la misma que teje la oruga,
lenta, paciente, pero irrompible.
Es hilo que no se corta,
sino que se estira y crece,
tejiendo puentes invisibles
entre el alma y el alma.
es la misma que teje la oruga,
lenta, paciente, pero irrompible.
Es hilo que no se corta,
sino que se estira y crece,
tejiendo puentes invisibles
entre el alma y el alma.
Es como el mar que besa la roca,
con cada ola, con cada suspiro,
una y otra vez,
sin que el tiempo le apague el ardor,
sin que las tempestades le impidan su ruta.
La amistad es esa brisa tibia,
que llega sin hacer ruido,
pero llena de calor,
como un sol secreto que te abraza en silencio,
y que te envuelve con la suavidad
de una caricia que te llega hasta lo más profundo.
Es la fuerza tranquila,
que no grita, que no exige,
pero siempre está allí,
como el río que, aunque a veces lento,
avanza firme,
y al final se convierte en océano.
Amistad eterna,
como la raíz de un árbol antiguo,
que ha visto estaciones pasar,
pero sigue erguido,
firme,
y sus ramas se extienden para ofrecerte sombra
en el calor del verano o la lluvia del invierno.
firme,
y sus ramas se extienden para ofrecerte sombra
en el calor del verano o la lluvia del invierno.
Es el abrazo que nunca se olvida,
el refugio cuando el alma tiembla,
el eco que responde en tu pecho,
donde las palabras ya no son necesarias,
donde solo el mirar basta para comprender.
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