lunes, 21 de abril de 2025

Amistad Eterna

La amistad que habita en nosotros,
es la misma que teje la oruga,
lenta, paciente, pero irrompible.
Es hilo que no se corta,
sino que se estira y crece,
tejiendo puentes invisibles
entre el alma y el alma.

Es como el mar que besa la roca,
con cada ola, con cada suspiro,
una y otra vez,
sin que el tiempo le apague el ardor,
sin que las tempestades le impidan su ruta.

La amistad es esa brisa tibia,
que llega sin hacer ruido,
pero llena de calor,
como un sol secreto que te abraza en silencio,
y que te envuelve con la suavidad
de una caricia que te llega hasta lo más profundo.

Es la fuerza tranquila,
que no grita, que no exige,
pero siempre está allí,
como el río que, aunque a veces lento,
avanza firme,
y al final se convierte en océano.


Amistad eterna,
como la raíz de un árbol antiguo,
que ha visto estaciones pasar,
pero sigue erguido,
firme,
y sus ramas se extienden para ofrecerte sombra
en el calor del verano o la lluvia del invierno.

Es el abrazo que nunca se olvida,
el refugio cuando el alma tiembla,
el eco que responde en tu pecho,
donde las palabras ya no son necesarias,
donde solo el mirar basta para comprender.


miércoles, 16 de abril de 2025

Dentro de un universo propio


En un rincón del alma donde las palabras se pierden,
hay un susurro que nadie escucha,
un baile que no se ve.

Un hilo de luz,
una estrella que brilla sin que el cielo la reclame.
Y aún así, esa luz es más fuerte que el sol,
más real que el aire que se respira.

En los ojos de quien vive en su propio ritmo,
hay un mundo que se construye en silencio.
No es soledad, ni es vacío,
es un espacio lleno de colores que no todos saben nombrar,
de sonidos que cantan sin necesidad de oídos.

Cada gesto, un verso que nace,
cada mirada, una canción callada.
Y aunque el viento no se detenga,
aunque el mar no entienda,
el alma de quien lleva ese universo sabe bailar.

No es otro mundo,
es solo el suyo.
Y en ese mundo,
las estrellas no necesitan ser tocadas para brillar,
y las voces no necesitan ser escuchadas para ser escuchadas.

Es un espacio donde ser es suficiente,
donde cada suspiro,
cada instante de ser tú mismo,
es un acto de valentía, de belleza,
de autenticidad.

El lenguaje invisible.

 

Hay un lenguaje que no se escribe,
ni se habla,
ni se grita.
Es un lenguaje que vive en las manos,
en la forma en que se evita el mundo,
o se lo acaricia de lejos.

Es el idioma del alma sin filtros,
de los sentidos que perciben más de lo que pueden soportar,
de la mirada que no necesita cruzarse
para decir:
“estoy aquí, solo que a mi modo.”

No hay error en esa forma de estar.
No hay falla, ni ausencia.
Solo hay otra melodía,
otra manera de habitar el mundo,
más profunda, más intensa…
como el murmullo del mar bajo la superficie.

Y si no lo entiendes,
si no puedes traducirlo…
no lo fuerces.
Solo siéntate,
quédate cerca,
y aprende a ver con los ojos del alma.

Porque en ese silencio hay amor,
en esa distancia, hay ternura.
Y en cada gesto tímido,
late un universo que está esperando ser abrazado…
sin cambiarlo.
Solo queriéndolo,
tal como es.