Huye,
pero no del miedo.
Huye del silencio que calla tu fuego,
de la promesa que ata tus alas,
de la mirada que no te ve,
de la jaula con forma de hogar.
Huye
de lo que corroe tus entrañas,
de las palabras silenciosas que muestran sonrisas,
pero son ponzoña al alma.
Huye,
aunque tiemble el suelo bajo tus pies,
aunque las raíces te supliquen que no.
Hay huidas que no son cobardía,
sino nacimientos.
Huye
de las blancas perlas que se muestran,
esas que no llegan a los ojos,
y enfrían el alma.
Huye aunque el alma llore,
aunque las espinas se claven
y pasen a ser parte tuya.
Huye de la mirada fría,
de la boca egoísta,
de la mano apretada.
Huye de esa sombra,
para que no te deje vacía.
Se alimenta de tu aliento,
de tu vida y de tus alegrías.
Huye para que no te seque,
para que tu mirada no se vuelva blanquecina,
y que ahí, a la vuelta de la esquina,
tus recuerdos no sean carbones
sobre un bracero apagado.
Huye
de quien no acompaña,
de aquel que juzga,
del que no disfruta.
Huye
de los momentos falsos,
huye del frío en la sonrisa.
Huye,
huye,
huye del corazón marchito,
ese que late mudo,
ese que se oprime ante tu presencia.
Huye de todo,
huye de nada,
pero nunca huyas de ti.