sábado, 31 de marzo de 2018

SEÑORA DE LAS CUATRO DÉCADAS



Paulina se rio amargamente.  Era una ironía que ahora cuando estaba frente al espejo  poniéndose esa nueva crema para las arrugas estuviera sonando esa canción de Arjona. Se untó un poco de aquel ungüento con unos suaves golpeteos al son de "no le quite años a su vida, póngale vida a sus años..."  como si él pudiera saber que es ser una mujer a los cuarenta, y de ponerle vida a los años.  ¿De que vida hablaba? Ella la había dejado de tener cuando había comenzado a trabajar y se había casado,  y luego con los niños.  imposible tener una.  Vaya,  si a penas le quedaba tiempo para respirar.  Todo el tiempo se le iba entre la oficina, la casa, hacer de taxi para juntar unos pesitos más.  Y todo se había puesto aún más cuesta arriba desde que Pedro se había ido.  La ayuda de su ex había durado sólo un par de meses hasta que nació su nuevo hijo,  y desde ahí,  si te visto no me acuerdo. 
       "Que hay detrás de esos hilos de plata, Y esa grasa abdominal que los aeróbicos no saben quitar..." decía el trovador.   Era una burla pensó Paulina como si las canas y ese rollito que por tantos años había tratado de bajar fueran de lo más encantador.   Todavía no conocía a ningún hombre que en sus cabales dijera mmmmh me encantan tu grasita y tus canas.   Una cosa era la vida,  y otra muy diferente las palabras del poeta. ¡Ahhh! —suspiró Paulina—  ¿Porque no podía ser como en las canciones o en las novelas que tanto había leído en su juventud? Era lamentable.  Había gastado 20 años en ese hombre.  Lo había apoyado trabajando, para que pudiera terminar su carrera,  y luego para que hiciera su postgrado.  Más tarde,  en la compra de la casa.   Su casa.  Y como se lo pagaba el mal nacido,  pidiéndole el divorcio y con ello la división de la sociedad conyugal.   El abogado le había dicho que tendría que comprarle su parte si quería seguir viviendo en esa casa, que si no, bueno, habría que venderla lo antes posible.    
       — Desgraciado —dijo Paulina entre dientes.  Aún no podía creerlo.   Tendría que endeudarse para comprar esa casa que ella había pagado íntegramente. ¿Por qué no había escuchado a su madre cuando le aconsejó comprarla escudándose en la ley como mujer soltera? Había una ley que lo permitía, pero no, no lo había hecho. Ella había estado enamorada,  y había confiado.   Lo había escuchado a él.  Y ahora como se lo pagaba. 
       La voz que sonaba en la radio la sacó de su meditación "Deja huellas por donde camina que la hacen dueña de cualquier lugar" — Jajajajaja —resonó la risa de Paulina por toda la casa,  había que ver que este Arjona si que tenía un sentido del sarcasmo de lujo.  Sabía donde meter el dedo en la yaga.   ¿Qué huella había dejado ella? ¿En quién?  Bueno estaban sus dos niños.   En ellos estaba dejando su marca,  pero en quién más.   Era imposible que  dejara su  huella en alguien,  si trabajaba en un laboratorio haciendo moldes de sonrisas perfectas, pero eso ¿quién lo sabía?  Si acaso el dentista que le mandaba a hacer los moldes,  pero el reconocimiento era todo para él.   
       Volvió a mirarse en el espejo, estaba cansada.  El tiempo había dejado su marca,  y esta ya no se borraba,  sus ojeras hablaban de los largos días que llevaba sin dormir.  Estaba atrasada con los pagos de la universidad de sus hijos  desde que su esposo,  es decir su ex esposo había dejado de pagar el dinero que habían convenido, y su situación se había vuelto peor cuando la habían despedido del laboratorio hacía cuatro meses. Si hasta había tenido que empeñar los viejos aros de la abuela,  y su argolla de matrimonio,  aunque esa daba lo mismo si jamás la recuperaba.
       Miró el frasco de pastillas junto a la crema rejuvenecedora.  Tal vez podría...
       Se observó en el espejo. O cambiaba su vida, o su vida la cambiaba a ella.  Tal vez Arjona no estaba del todo tan equivocado al decir "no le quite años a su vida, póngale vida a los años que es mejor..."
         





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